Matar para sentirse grande: Cuando el rifle suple lo que falta

Cuanto más mísera y vulnerable se siente la identidad masculina, mayor es la necesidad de exhibir símbolos de fuerza, aún cuando se carece de ella.

La caza siempre ha estado rodeada de símbolos: El dominio sobre la naturaleza, la fuerza física, el valor del guerrero. Pero en pleno siglo XXI, cuando la mayoría de las sociedades ya no necesitan cazar para sobrevivir, resulta inevitable preguntarse: ¿Qué mueve a alguien a matar animales por deporte o placer?

Más allá de las explicaciones tradicionales, tradición, conexión con la tierra, “gestión” de especies, existe una lectura psicológica y social que incomoda a muchos: La caza como un acto compensatorio. Aquí entra en juego el provocador paralelismo con el “síndrome del pene pequeño”. No se trata, literalmente, de medir la anatomía de los cazadores, sino de entender la metáfora: Cuando la masculinidad se siente amenazada, muchos buscan reforzarla mediante actos que representen poder, control y virilidad.

La caza, en este sentido, se convierte en un escenario perfecto. El cazador sostiene un arma que le otorga una ventaja absoluta sobre la presa, elimina el riesgo y se coloca como dueño y señor de la vida y la muerte. El trofeo colgado en la pared o la foto junto a un animal abatido funcionan como medallas simbólicas, testigos de una virilidad que, sin duda, en otros aspectos de la vida, se siente frágil.

Este vínculo entre masculinidad insegura y deseo de dominar no es nuevo. La sociología lo ha observado en otros terrenos: El coche desproporcionadamente grande, la exhibición ostentosa de riqueza (se tenga o no), la violencia como única reafirmación de estatus. La caza deportiva entra en el mismo patrón. Y aquí el recurso del “pene pequeño” sirve como metáfora perfecta: Cuanto más vulnerable se siente la identidad masculina, mayor es la necesidad de exhibir símbolos de fuerza, aún cuando se carece de ella.

Por supuesto, aunque sí una mayoría, no todos los cazadores responden a este perfil psicológico. Pero la persistencia de la caza como “rito de virilidad” en algunos entornos ,tan distantes y distintos, como pueden ser entornos rurales atrasados o entornos elitistas, sí muestra hasta qué punto seguimos arrastrando un modelo de masculinidad arcaico, donde matar un animal no es una cuestión de subsistencia, sino de demostrar quién «mea mas lejos» aunque sea haciendo trampa con una manguera.

La pregunta de fondo puede resultar incómoda: ¿Qué tipo de masculinidad necesitamos hoy? Una basada en la empatía, el conocimiento, el respeto a la naturaleza y la cooperación, o una que sigue dependiendo de un rifle y de un cadáver ensangrentado para sentirse plena. Quizá ahí radique el verdadero complejo, más allá del tamaño de ningún órgano: La incapacidad de reinventar la idea de ser hombre sin necesidad de imponerse a la vida de otros seres, otro género u otros similares.

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